El mito de la técnica perfecta
Por qué más técnica no siempre es tocar mejor
Terminamos de estudiar algo.
Un ejercicio, una técnica, una idea que veníamos trabajando hace tiempo. Cerramos el cuaderno, soltamos los palos y, casi por impulso —sin saber muy bien por qué— abrimos Instagram o YouTube.
A veces es tan automático que ni siquiera esperamos terminar de estudiar.
Abrimos el teléfono mientras estamos practicando.
Como si no pudiéramos quedarnos con lo que estamos haciendo sin contrastarlo enseguida con algo más.
Ahí empieza algo.
Vemos a alguien tocando otra cosa.
Más rápido.
Más limpio.
Más complejo.
Y aparece una sensación inmediata:
eso que acabamos de estudiar ya no alcanza.
La promesa silenciosa
No lo formulamos así, pero lo actuamos todo el tiempo:
si aprendo esto otro, voy a tocar mejor.
Sumamos una técnica nueva.
Después otra.
Después otra más.
No porque la anterior no sirva, sino porque siempre hay algo nuevo para incorporar. Y eso, en sí mismo, no es un problema. Estudiar técnica es parte del camino.
El problema aparece cuando empezamos a confundir acumular técnica con tocar mejor.
Ahí entramos en la fantasía de acumulación.
Que muchas veces es la razón por la cual sentimos que nos trabamos.
La fantasía de acumulación
Podemos estudiar mucho, incorporar movimientos, ganar control, velocidad, limpieza.
Y eso sí nos mejora.
Claro que nos mejora.
El quiebre aparece cuando, en lugar de usar eso nuevo para tocar mejor la música que estamos tocando,
lo dejamos en suspenso —o lo comparamos— y entonces queda ahí,
en una especie de biblioteca de recursos muertos,
que ni siquiera nos acordamos que alguna vez estudiamos.
Comparación constante
El contexto actual empuja fuerte en esta dirección.
Estamos expuestos todo el tiempo a fragmentos técnicos:
videos cortos, reels, solos aislados, chops perfectos.
Siempre hay alguien tocando algo que no sabemos tocar.
No terminamos de asimilar una cosa
y ya estamos mirando la siguiente.
La comparación se vuelve permanente, incluso sin intención.
Y el estudio empieza a fragmentarse.
No porque seamos dispersos.
Porque el entorno no nos deja quedarnos el tiempo suficiente en un proceso.
Nunca terminamos de estar listos
De a poco se instala una idea más profunda:
la de no estar nunca listos.
Siempre falta algo.
Siempre hay una técnica más.
Siempre estamos “a punto de”.
Entonces postergamos.
Postergamos tocar tranquilos.
Postergamos disfrutar de lo que ya sabemos.
Postergamos simplemente estar con el instrumento sin medirnos todo el tiempo.
Postergamos mejorar para tocar mejor las canciones de nuestra banda.
Postergamos la búsqueda de un sonido propio.
Postergamos la construcción de un sello personal.
Y mientras tanto, seguimos estudiando.
Seguimos sumando.
Seguimos postergando.
Poner la técnica en su lugar
La técnica no es el problema.
Nunca lo fue.
El problema es creer que existe una técnica “perfecta” fuera de contexto.
Que hay un punto técnico al que llegar para recién ahí tocar mejor.
La técnica empieza a ordenar cuando vuelve a su lugar:
el de herramienta.
Cuando está al servicio de la música que hacemos hoy,
del momento en el que estamos,
del sonido que queremos construir.
Es ahí donde recuperamos la batería como un vínculo y no como una tarea.
No cuando se convierte en una carrera sin línea de llegada.
Volver al centro
Tocar mejor no siempre es tocar más cosas.
Ni tocar más rápido.
Ni tocar más difícil.
A veces es usar lo que ya sabemos
para que la música diga algo más claro.
No para estudiar menos,
sino para estudiar mejor ubicados.
Porque cuando la técnica deja de acumularse por inercia
y vuelve a dialogar con la música real,
algo se ordena.
Y ahí, sin promesas ni fórmulas,
empezamos a tocar mejor de verdad.