Cambiar de profesor no siempre significa cambiar

Cambiar de profesor no siempre significa cambiar

Sobre las dificultades de aprender, desaprender y animarnos a revisar lo que somos.

Queremos cambiar, pero nos cuesta cambiar.

Queremos tocar mejor.

Buscamos nuevos profesores, otros métodos, diferentes maneras de estudiar. Admiramos a músicos que desarrollaron un lenguaje propio y nos preguntamos cómo hicieron para llegar hasta ahí.

Sentimos que algo nos falta. Que podríamos tocar de otra manera. Que quizás nuestra formación dejó cuestiones sin resolver.

Y entonces decidimos buscar un cambio.

Pero hay algo que me llama la atención: muchas veces, cuando finalmente encontramos a alguien que nos propone un camino diferente, nos cuesta sostenerlo.

Nos entusiasma la posibilidad de mejorar, pero no siempre estamos preparados para atravesar lo que esa mejora necesita.

Queremos cambiar, pero muchas veces queremos hacerlo sin cambiar demasiado.

Y esa contradicción me resulta profundamente conocida.

No solamente porque la observo dando clases, sino porque también la viví como alumno.

Buscar afuera lo que necesitamos revisar adentro

Cuando sentimos que nuestro aprendizaje se estancó, es natural mirar hacia afuera.

Pensamos en lo que no nos enseñaron, en las herramientas que nos faltan, en las oportunidades que no tuvimos.

Y muchas veces tenemos razón.

No todos los procesos de formación son iguales. No todos los profesores ofrecen las mismas herramientas. Hay experiencias que nos enriquecen y otras que dejan preguntas sin responder.

Pero también hay una parte del aprendizaje que ningún profesor puede resolver por nosotros.

Nuestra disposición a modificar aquello que venimos haciendo.

Podemos encontrar un docente que admiramos, alguien cuyo trabajo nos interesa y de quien creemos que podemos aprender.

Podemos escuchar sus ideas, reconocer su experiencia y sentir que finalmente encontramos una orientación diferente.

Pero cuando esa persona nos propone detenernos, revisar movimientos, volver sobre conceptos que creíamos resueltos o sostener un trabajo durante varias semanas, algo puede empezar a incomodarnos.

Porque quizás esperábamos descubrir una herramienta nueva.

Y lo que encontramos fue la necesidad de revisar las que ya teníamos.

Hay una diferencia enorme entre reconocer una dificultad y comprometerse a trabajar sobre ella.

Reconocerla puede ser incluso liberador.

Finalmente entendemos por qué algo no funciona, por qué determinado movimiento nos limita o por qué seguimos resolviendo musicalmente las cosas de la misma manera.

Pero después llega el trabajo.

Repetir con atención. Bajar la velocidad. Desarmar movimientos. Revisar decisiones. Volver a encontrarnos con nuestras limitaciones.

Y sostener ese proceso incluso cuando todavía no aparecen resultados.

Ahí es donde muchas veces nos cuesta continuar.

Queremos tocar como ese músico que admiramos, pero no siempre queremos atravesar los años de búsqueda, errores, correcciones y estudio que forman parte de su recorrido.

Nos interesa el resultado, pero nos cuesta aceptar el proceso.

Admiramos lo que otro construyó, pero a veces nos resistimos a construir lo propio.

Y no creo que se trate simplemente de falta de voluntad.

También hay miedo.

Miedo a descubrir que algunas cosas que creíamos saber necesitan ser revisadas. Miedo a sentirnos principiantes otra vez. Miedo a que el esfuerzo no produzca los resultados que esperamos.

A veces es más fácil buscar otro camino que permanecer el tiempo suficiente en uno para descubrir adónde puede llevarnos.

No todo cambio se siente como un avance

Hay algo particularmente difícil en el aprendizaje musical: mejorar no siempre se siente bien.

A veces, cuando empezamos a corregir un movimiento, tocamos peor durante un tiempo.

Perdemos naturalidad. Nos volvemos conscientes de cosas que antes resolvíamos automáticamente. Lo que parecía sencillo empieza a exigirnos una atención enorme.

Y aparece la duda.

¿Estoy avanzando o retrocediendo?

Como alumno también atravesé esa sensación.

Con el tiempo fui entendiendo que algunas transformaciones necesitan desarmar primero lo que teníamos incorporado.

No para negar todo lo aprendido.

Sino para construir otras posibilidades.

Desaprender no es perder lo que sabemos. Es dejar de estar condicionados por una única manera de hacer las cosas.

Pero para eso necesitamos tiempo.

Y muchas veces no nos lo damos.

Queremos comprobar rápidamente que elegimos bien, que el nuevo profesor funciona, que el método da resultados.

Si la mejora no aparece enseguida, empezamos a desconfiar.

Y quizás abandonamos justo cuando el trabajo estaba empezando.

Un plan de trabajo no produce cambios por el simple hecho de estar bien pensado.

Necesita continuidad.

Necesita que podamos volver sobre lo trabajado, observar qué sucedió durante la semana, reconocer dificultades y tomar nuevas decisiones.

Necesita involucramiento.

Y ahí aparece una cuestión que me parece fundamental.

No alcanza con encontrar a alguien que sepa enseñarnos. También necesitamos aprender a sostener nuestro lugar como alumnos.

Esto no significa estudiar durante horas ni convertir la música en una obligación permanente.

Tampoco significa que debamos continuar con cualquier profesor o aceptar cualquier propuesta.

Los vínculos pedagógicos también necesitan confianza, escucha y afinidad.

Pero si elegimos iniciar un proceso, tenemos que permitirle desarrollarse.

Una dificultad no siempre indica que estamos trabajando mal.

Una corrección no significa que todo lo anterior haya sido inútil.

Y unas pocas clases difícilmente alcancen para transformar hábitos que construimos durante años.

A veces confundimos la incomodidad del aprendizaje con la sensación de estar en el lugar equivocado.

Y nos vamos.

Romper nuestros patrones

Creo que una de las transformaciones más importantes ocurre cuando empezamos a cuestionar nuestra propia manera de aprender.

No solamente cómo movemos las manos o cómo organizamos el estudio.

También cómo reaccionamos cuando algo no sale.

Qué hacemos frente a una corrección.

Cuánto tiempo estamos dispuestos a dedicarle a una dificultad.

Por qué necesitamos sentir que avanzamos constantemente.

Y qué sucede cuando alguien nos propone abandonar una forma de tocar que durante años nos dio seguridad.

Porque no construimos solamente recursos musicales.

También construimos hábitos, certezas y mecanismos de defensa.

Nos acostumbramos a estudiar de determinada manera. A resolver siempre desde los mismos lugares. A evitar aquello que nos expone.

Y esos patrones pueden terminar limitándonos.

No podemos esperar resultados diferentes si seguimos protegiendo las mismas estructuras que nos impiden avanzar.

Deconstruirnos implica reconocerlo.

Aceptar que algunas ideas que nos acompañaron durante años quizás necesitan cambiar.

Que no todo lo que hacemos por costumbre sigue siendo útil.

Y que nuestra identidad musical no está amenazada por reconocer algo que todavía no sabemos hacer.

No se trata de destruir nuestra historia.

Se trata de permitir que esa historia siga transformándose.

Enseñar también exige revisarse

Sería injusto hablar de todo esto sin incluirnos a quienes enseñamos.

Porque nosotros también podemos quedar atrapados en nuestras certezas.

Podemos creer que encontramos el ejercicio adecuado, la explicación correcta o el camino que una persona necesita recorrer.

Pero eso no significa que hayamos encontrado la manera de acompañarla.

Cada alumno tiene una historia, una relación diferente con el instrumento y posibilidades concretas de dedicarle tiempo al estudio.

No siempre la dificultad está en su compromiso.

A veces necesitamos explicar mejor. Escuchar más. Revisar nuestras expectativas o encontrar otra manera de abordar el mismo problema.

Un buen proceso de aprendizaje no depende solamente de la exigencia. También necesita sentido.

Y construir ese sentido es una responsabilidad compartida.

Como docente, no me interesa que alguien repita ejercicios simplemente porque yo se los propongo.

Me interesa que pueda comprender para qué los estamos trabajando, qué posibilidades pueden abrirle y cómo se relacionan con la música que quiere hacer.

Pero también necesito que exista una disposición a explorar ese camino.

Porque puedo acompañar un proceso.

No puedo recorrerlo por otra persona.

Darnos la oportunidad de cambiar

Quizás una de las cosas más difíciles de aprender sea permanecer.

No permanecer por obligación ni insistir ciegamente en algo que no funciona.

Permanecer el tiempo suficiente para comprender qué estamos intentando transformar.

Aceptar que algunos avances son lentos.

Que revisar una dificultad puede llevarnos a descubrir otras.

Que no siempre vamos a sentir entusiasmo.

Y que aprender también implica atravesar momentos en los que nuestras certezas dejan de alcanzarnos.

A veces buscamos un nuevo profesor esperando encontrar respuestas diferentes.

Pero quizás la pregunta más importante sea otra:

¿Estamos dispuestos a convertirnos en alumnos diferentes?

No mejores alumnos en términos de obediencia, disciplina o cantidad de horas.

Diferentes en nuestra manera de escuchar, de aceptar una dificultad, de relacionarnos con el error y de sostener una búsqueda.

Porque cambiar de profesor puede abrir una puerta.

Pero atravesarla depende también de nosotros.

Y quizás el verdadero cambio no empiece cuando encontramos a alguien que nos muestra otro camino.

Quizás empiece cuando dejamos de escapar de aquello que ese camino nos obliga a revisar.

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